Queremos ir un paso más lejos y plantear al juego como disruptor de normas sociales. Un disruptor es algo que genera un cambio radical, que interviene o altera una estructura. Por otro lado, sabemos (consciente o inconscientemente) que como seres sociables estamos regidos por reglas o normas de convivencia. Algunas muy explícitas, como no robar o no matar, pero otras no tanto.

No esta socialmente convenido, por ejemplo, que podamos gritar delante de nuestros compañeros de trabajo. Nos resultaría extraño hacerlo o ver que alguien lo haga. No sería de esperar ver a un grupo de colegas parados en una ronda con los ojos cerrados. Sin embargo, si estas acciones son planteadas dentro del marco de un juego, todas esas normas (que nadie nos dijo, pero las tenemos incorporadas) desaparecen, generándose un nuevo conjunto de reglas que nos da nuevas libertades.

La presión laboral, el estrés, las evaluaciones de desempeño, el cumplimiento de deadlines, entre otras cosas, ponen a los colaboradores en una postura de no arriesgar, de no innovar por miedo al error. La gran ventaja de plantear situaciones similares a las laborales como juego, de romper esa lógica empresarial por un periodo de tiempo, es poder equivocarnos sin consecuencias.

Intentar una y otra vez hasta dar con el resultado. Pensemos en un clásico de las consolas como lo es Super Mario. Podemos perder decenas o cientos de veces y aun así comenzar nuevamente e intentarlo hasta llegar a la meta.

Plantear actividades donde nuestros colaboradores se encuentren dentro de una “nueva realidad”, con reglas específicas, permite el descubrimiento de nuevas habilidades, de nuevas formas de hacer, de nuevas formas de relacionamiento. Potencia claramente el desarrollo personal y grupal, generando así un crecimiento en el equipo de trabajo.